martes, 20 de junio de 2017

DEBEMOS ESTAR PREPARADOS

“Debemos estar preparados para la persecución por el simple hecho de nuestra fe, que será incluso violenta en Occidente y en cualquier caso, cultural y social” Esto decía Juan Pablo II a finales de los años 70 cuando todavía sólo era cardenal y muchos no lo tomaron en serio.
Otro futuro papa, Joseph Ratzinger ya profetizaba en su época de simple teólogo de los años 60 que la iglesia del siglo XXI sería un conjunto de pequeñas comunidades en los pueblos, barrios y ciudades, minorías llenas de vida capaces de actuar de levadura en medio de la masa.
En nuestro pueblo hay unas 3000 personas, de ellas sois unas 200 las que venís a misa los domingos, un 7 % más o menos del total del pueblo. De este 7%, el 70 % sois personas mayores de 65 años, el 20 % entre 50 y 65, el 10 % son personas entre 30 y 50 años y un 10% jóvenes, adolescentes y niños. Y sin embargo este grupo de adolescentes –gracias a un fecundo programa de discipulado y una catequista- en su clase del instituto ya son un promedio muy superior al de los demás institutos de España donde hay 1 alumno de la ESO católico practicante por cada 30 chavales no practicantes, ateos, no bautizados o de otra religión.
Jesús nos habla de no tener miedo a esta pequeñez, la pequeñez de los pajarillos. “Pues ni uno solo de ellos cae al suelo sin que lo permita el Padre ¡y vosotros valéis mucho más que los pajarillos!”
Efectivamente la sensación psicológica de ser una minoría es doble:
Para las personas a partir de 50 años es una sensación de fracaso porque no hace tantos años, cuando ellos eran niños, la sociedad se regía culturalmente por el respeto a los diez mandamientos y la Iglesia tenía cuanto menos una autoridad moral. Ahora sin embargo hay otros “mandamientos” impuestos por los diferentes lobbies gais, feministas, liberales,, etc
Por otro lado los adolescentes y jóvenes –que ya hemos nacido en minoría- sienten la presión de ser “los raros”, frikies, distintos.
Esta sensación produce dos efectos igual de perniciosos: o bien el abandono de la fe o bien el silenciamiento de ésta, vivir la fe pero por dentro, sin decirlo. Parece incluso que es más auténtica –siempre hay quien saca a relucir la diferencia con los que van de católicos pero luego son lo peor fuera de la Iglesia- Pero la realidad es que esa época –la de presumir de católico ya pasó- y lo que hay ahora es lo que dice Jesús, la misma situación que tenían los primeros cristianos judíos con sus vecinos y familiares judíos no cristianos, que eran mayoría evidentemente: “Quien se ponga a mi favor delante de los hombres yo también me podré a su favor delante de mi Padre. El que no me reconozca delante de los hombres, yo no lo reconoceré delante de mi Padre”. Este es el tema: reconocer, dar testimonio, ponerme a favor de Cristo y de su Iglesia de su enseñanza delante de los hombres. ¿Quién hace esto hoy respecto a los anticonceptivos, al aborto, a la eutanasia, a la manipulación de embriones, a la fecundación in vitro, a la indisolubilidad del matrimonio cristiano, a la resurrección de los muertos en cuerpo glorioso, a la presencia real de Cristo en la Eucaristía...
¿Quiénes son hoy realmente católicos? Muy muy muy muy pocos.
¿Quiénes serán católicos en el siglo XXI? Mirad, las personas a partir de 70 años ya no tenéis ese problema. Os basta vivir de lo que os ha ayudado toda la vida: la misa, las devociones, la doctrina.
Pero como ya dijeron –y siguen diciendo- los hombres de Dios como Juan Pablo II o Benedicto XVI sólo serán católicos de verdad aquellos que vivan estas tres claves:
1.- Tener una comunidad pequeña de referencia en la que vivir la fe acompañados, en un proceso de crecimiento, de forma alegre, que sostenga el testimonio tan difícil en medio del mundo. Esa comunidad a veces es la familia misma pero otras muchas veces no basta.
2.- Vivir el domingo no como un rito de cumplimiento sino como auténtica fiesta semanal donde recargo fuerzas, soy formado, experimento la comunión, la belleza de la vida cristiana, y esto porque no se reduce a oír misa sino a estar juntos.
3.- Creer y seguir por un lado la doctrina moral que Jesús ha entregado a la Iglesia y que ésta enseña, su Palabra que nos llega viva en la enseñanza y vida de los santos, del Magisterio, de las experiencias hoy del Espíritu Santo. Buscando entender lo que no entendemos pero partiendo del punto de partida de la confianza, teniendo una persona de Dios que me acompañe más de cerca, acudiendo a encuentros y retiros de formación y reavivamiento de la fe como Ejercicios espirituales, Cursillos de Cristiandad, Emaus, los retiros con las Agustinas de la Conversión, etc. Y por otro lado la doctrina espiritual: la contemplación de la vida de Jesús y María por medio del santo rosario, el ayuno, la adoración eucarística reparadora, la consagración al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, el rosario de la Divina Misericordia, etc
No temáis a los que sólo pueden hacer daño por fuera pero no pueden matar el alma. Temed más bien al que puede llevaros al fuego del infierno. Es muy fuerte esta expresión de Jesús. Pero es que El no miente, no es políticamente correcto, dice las cosas como son, nos advierte porque nos quiere. Y cuánta verdad tenía la Madre Teresa de Calcuta cuando le preguntaban si ella no tenía miedo a los fundamentalistas hindúes que las hostigaban: “Cuando uno teme a Dios le pierde el miedo a los hombres”. Temer a Dios no es tenerle miedo pero sí es tener miedo a negarle y a que cuando cerremos los ojos a esta vida nos demos cuenta de que nos hemos quedado sin El para toda la eternidad. Ese es el infierno que la Virgen le muestra los niños en Fátima como la gran llamada a la humanidad de nuestro tiempo: “¡Volved a poner a Dios en el lugar que le corresponde antes de que sea demasiado tarde!” La vida sin los mandamientos –decía sor Lucía, la niña vidente- es el comienzo de ese infierno: el infierno en casa donde no se respeta a los padres y abuelos, el infierno en las relaciones sexuales donde unos se usan a otros, donde la infidelidad rompe vidas, el infierno de la pornografía, el infierno del aborto y los remordimientos toda la vida, el infierno de la mentira y la ambición que lleva a la corrupción, el infierno en el trabajo cuando sólo prima el dinero, el infierno de la soledad de la vida sin Dios o con un Dios al que ya no sabemos escuchar, relegado a una esquina de la vida como si fuera un diosecillo pagano al que acudimos para que nos dé suerte o nos ayude en situaciones extremas. ¿Dónde hemos dejado a Dios, dónde hemos dejado sus mandamientos? El resultado es el comienzo del infierno, la sociedad tal como la vemos.
¿Y nos extraña que nos cueste ser discípulos de Jesús en esta sociedad anti Dios? Juan Pablo II terminaba su discurso diciendo: “Es el tiempo de la batalla final entre Cristo y el anti Cristo, entre la Iglesia y la anti Iglesia, entre el Evangelio y el anti Evangelio. Es el momento de la decisión. Hoy o se está con Cristo o se está con el demonio, o se está en la Iglesia o contra ella, aunque sigamos acudiendo a misa. Es el momento de la decisión pero no temamos el Señor está con nosotros”.
Y valemos para El muchísimo más que los pajarillos… Al final el Inmaculado Corazón de María que ayer celebrábamos vencerá, porque es el corazón del creyente, del que se ha arriesgado a ponerse de parte de Cristo aquí abajo entre palos y allí será recibido entre aplausos. Lo de aquí dura un instante, lo de allí para siempre.


¿Qué elegimos?

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